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La Barcelona de 1992 ha marcado profundamente mi generación. O, al menos, a mí.
Yo, que soy de Pineda de Mar, «bajé» UN DIA a Barcelona a ver los Juegos Olímpicos con mis abuelos. Estaba en el cielo. No podía ser más feliz. Y después, mi padre consiguió entradas para la inauguración de los Paralímpicos: lloré toda la ceremonia.
En 1997 me fui a vivir a Barcelona. La Vila Olímpica ya se caía a pedazos. ¿Dónde ha quedado ese esplendor? Cobi agoniza solitario en una fuente vacía. El Palau d’Esports es refugio de personas sin techo.
¿Por qué sigo enamorada de la Barcelona del 92? ¿Existió realmente? ¿Dónde está la riqueza que nos «prometieron»? ¿No «éramos» el centro del mundo? Quizá mi enamoramiento de Barcelona se debe al hecho de que es imperfecta, como yo. Y, sobre todo, me abrió los brazos cuando a los dieciocho años me descubrí lesbiana.
