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La familia es un reflejo del territorio en el que vive. Estamos marcados por el espacio donde nos hemos criado. Las afueras, lejos de las ciudades, de la atmósfera publicas y de las instituciones. El pueblo es un espacio relegado al campo y al vacío. El afuera como algo lejano, estancado, como la memoria. Recuerdos iluminados por una melancolía agria al ser conscientes de que no significan nada, solo tienen valor para nosotros. Ya no existen motivos capaces de mantener vivas las energías a largo plazo. Da la sensación de que vivimos el presente ignorando el pasado y desvinculados del futuro, siendo incapaces de imaginar cómo se verá nuestra vida en 30 años. Cómo será nuestra casa en 30 años. No hay sentido de pertenencia o de continuidad histórica, éste se traduce en una leve consciencia de que una vez los padres de mis padres vivieron su propia vida. Y no hay mejor ejemplo de ello que el pueblo.
Es difícil recordar esos paisajes que ahora están secos. Perdido como sinónimo de pena, porque no son como un niño perdido en un parque o un documento extraviado en un despacho, el pueblo es la pena que carga la gente que vive en él. El pasado son solo historias que nos explicamos a nosotros mismos, y en nuestras narraciones no existe ayer o mañana, es todo uno. La identidad. ¿Cómo sostenemos nuestra identidad dentro de un marco de perdida de memoria? La historia es que los pueblos se vacían, pero es un vacío muy vivo. Vacío que no equivale a la muerte sino a la sequía, la espera, la esperanza de en que en algún momento todo vuelva a ser como antes, que vuelvan las historias de una tierra que nunca fue árida.
