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Con solo siete años, Fede sobrevive junto a su familia a un violento ataque perpetrado durante la dictadura militar argentina. Obligados a abandonar el país de un día para otro, emprenden un largo exilio que los llevará primero a Francia y después a Barcelona. Incapaz de comprender lo sucedido, Fede crece acompañado por el “Niño Anómalo”, una presencia simbólica que encarna el trauma, la pérdida y el desarraigo que marcarán toda su vida. Décadas después, convertido en fotógrafo, un proyecto sobre personas refugiadas despierta en él recuerdos que creía enterrados y lo impulsa a regresar a Argentina. Ese viaje lo enfrentará a su infancia, a la casa que tuvo que abandonar, a los responsables de la violencia que sufrió su familia y, sobre todo, a la posibilidad de reconciliarse con el niño que nunca pudo dejar atrás.
No creo que el cine tenga la capacidad de reparar el pasado. Tampoco creo que una película pueda cerrar heridas que llevan abiertas toda una vida. Pero sí creo que el cine puede ofrecer un espacio donde esas heridas dejen de vivirse en soledad. Puede transformar una memoria individual en una experiencia compartida y hacer visible aquello que, durante demasiado tiempo, permaneció oculto.
